Haya santuario

El corte en la ruta 136 es algo más que un lugar de protesta. Es un santuario, un lugar de reunión, un club de campo. Su levantamiento es tan imposible como que se vaya la planta de celulosa.

 Hoy es el día que tanto habían esperado. Amanece que no es poco en la ruta 136. Allí está el famoso corte de ruta de la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú. Todavía no hay casi nadie despierto. Apenas algunos estudiantes del colegio ecologista José María Bértola se desesperezan fuera de las carpas.

Son como 50 floricientas y floricientos, todos con uniforme, todos con sus All Star bañados de barro auténtico del arroyo Verde. Hay muy buen humor después de una larga noche de guiso, caminata nocturna y cantarola.

El liceo Bértola se inauguró en 1991 en homenaje a un prohombre entrerriano. Tiene, como no puede ser de otra manera en Gualeguaychú, una impronta educativa ecologista.

Sus profesores Adriana y José son los encargados de la educación física y de las salidas en campamento. Hay bromas, empujones, abrazos cariñosos.

“Botnia ha sido una gran oportunidad educativa para nosotros”, dice José. “Nos ha permitido hacer una tarea educativa aplicada”.

Seguro que los chicos no olvidarán más esto. Son las 7 y 20 de la mañana y de pronto una sirena se escucha a 100 metros de la construcción de bloques que instaló el corte de ruta, el sueño de casa propia de los piqueteros de Gualeguaychú.

El ruidoso visitante se llama Miguel Pérez y es una de las máximas celebridades del corte de ruta. Cualquiera que haya visto imágenes de las protestas lo reconoce con un mate más grande que su cabeza y un gran corazón pintado en el pecho.

La sirena atropella las primeras horas de vigilia. “No a la papeleras. ¡Mierrrda!!!!”, grita

 Miguel ante el aplauso de los pocos entrerrianos presentes.

Camina con dificultad. Dice que el dolor en la pierna lo ha hecho llorar más que Botnia. Después, saca a relucir su famoso mate palangana, que lo ha convertido en el rey del folclore local. “Aunque usted no lo pueda creer este mate es uruguayo, lo compré en Guaviyú”, explica.

Antes que la pierna lo dejara fuera de servicio Miguel era uno de los tantos que pasaba las noches invernales en la ruta 136. Ahora que el corte se mantiene ininterrumpido desde hace tres años y cinco meses aquellos comienzos le parecen una leyenda urbana.

-¿Qué aprendió en el corte?

-De todo. Pero aprendí mucho de yuyos, de marcela y de carqueja. Soy el consejero oficial y acá hay muchas señoras contentas gracias la carqueja.

-¿Por qué?

-¡Y porque es muy buena para el sexo!. De acá, del corte, se han llevado toneladas- dice y se ríe estruendosamente.

HE DICHO. Como casi todos aquí, Miguel lleva consigo varios carteles: “He dicho no a Botnia”, o el más recurrido por estas horas de tribunales “Haya justicia”.

La música comienza a aceptar que la mañana comenzó y que estamos en la recta final del fallo de la Corte Internacional de la Haya. “Agua limpia, río limpio, ¡no a las papeleras!

El periodista de Canal 13 de Buenos Aires, Julio Bazán, un especialista en denuncias e injusticias, duerme una siesta casi pránica esperando la llegada de los manifestantes.

El corte de ruta tiene 150 metros de extensión. Las dos locaciones más espaciosas son el salón de bloque y un ómnibus abandonado, que es dormitorio y cocina cuando los ánimos de los gualeguaychuenses están desbordados de tanta indignación.

Gerardo Medel es uno de los guardias fijos del piquete. Es alto, tiene unos 55 años mal llevados. Por encima de su atuendo lleva un arrugado robe de chambre azul metalizado que se descuelga de toda la normalidad circundante.

Medel fue veedor de pesca en Entre Ríos y si bien es mendocino de nacimiento vive en Pueblo Belgrano, a cuatro kilómetros de Gualeguaychú.

Para él, se tiene que terminar el conflicto con Botnia de una manera violenta. Y propone una solución: “un buen cuetazo”. “El gran capital internacional se va a ir cuando no tenga ganancias. Hay que atacarlos en la producción”.

Desde el camión de la FM entrerriana Máxima sale música circense que suena a primero a Kusturica y luego a hip hop. Trasmiten en vivo unas rubias hermosas, como salidas de una publicidad de champú.

NO MÁS PAÍS SERIO. A las 10.43 hay rostros felices cuando el traductor informa que Uruguay debió estar autorizado por Argentina para empezar la construcción de la planta y privilegió su normativa local y dejó de lado normas consuetudinarias.

José Pouler, uno de los pocos referentes que está allí, está en el mejor momento en cinco años de Botnia. Al fin una autoridad internacional admite algo que él venía diciendo desde mucho tiempo antes.

“Se acabó la historia de que Uruguay es un país serio”, dice. “Esto es un cambio de rumbo muy importante para el conflicto”.

Pero esta primera mitad feliz deja lugar a salomónicas expresiones sobre la continuidad de la planta. Hay abucheos. Una de las floricientas del colegio profana su  credo ecologista: “uruguayos hijos de puta”, dice entre dientes.

Ya hay unas mil personas en el corte de ruta, decenas de camarógrafos, periodistas, fotógrafos, todos disputándose a los codazos el intenso folclore local.

Son las 12 y cuarto. Ya no importan los votos de los catorce jueces de La Haya.

La reina de Gualeguaychú Evangelina Carrozo está más vestida que nunca, pero acapara todas las miradas. A su explosiva belleza morena se le reclaman comentarios del juicio: “me duele, me duele mucho lo que está pasando”, le dice Evangelina a Crónica TV.

“Lalo” Moreira, uno de los ideólogos de Gualeguaychú, sabía de antemano que el fallo sería adverso: “¿Qué se puede esperar del Tribunal de La Haya, si es un representante del capitalismo internacional de siempre, ese que viene a joder a nuestros países? Nada, absolutamente nada”, dice con amargura.

Por detrás de las cámaras pasa María Rosa Rodríguez, ama de casa, 62 años. Ella se presenta así: “soy la viuda de Aicardi”.

UN SANTUARIO. María Rosa cree que no importaba el fallo. Nadie se irá de este pequeño pueblo o club de campo que se levantó en el kilómetro 28 de la ruta 136.

Rosa porta con ella un retrato del que no se deprende en ningún momento. Le pregunto quién es esa señora. “Se llamaba Nelly Pivas pero le decían la Pachamama. Fue una de las fundadores del movimiento social”.

Según su admiradora, Nelly era una mujer con poderes formidables, bendecida por Dios. Ella besó este suelo y marcó de algún modo el punto de protesta, hoy casi un agitado santuario para los residentes de Gualeguaychú.

Nelly Pivas murió hace ocho meses y pidió a sus colaboradores que tiraran sus cenizas al arroyo Verde en forma simbólica.

“Tiramos un poquito”, dice. “Pero guardamos un poco en una urna y armamos un rincón para ella”.

Después de la pérdida de Nelly, las cenizas de otros cuatro integrantes de la asamblea ambiental fueron esparcidas en este microclima, como si fuera un acto fetiche. El último acto fue la semana pasada, cuando la muerte sorprendió a Juan Guzmano, uno de los serenos del corte de ruta.

María Rosa cree que esta actitud de dejar las cenizas en el aire es algo más que un combate secreto a los olores a coliflor de la planta de celulosa. Es una forma de dejar sentado que el piquete seguirá adelante hasta que Botnia, UPM o como se llame la empresa, deje de estar en el horizonte.

Sobre las 12 y media, todos tienen la certeza de que la mole de 1.500 millones de dólares permanecerá con el permiso del derecho internacional.

Mientras algunos gritan consignas antipapeleras, el líder del sector más duro de la asamblea ciudadana, Jorge Fritzler, va hacia la parte de atrás de su auto, levanta la tapa del maletero y se sienta atrás a hablar por celular buscando un poco de intimidad.

Se le ve cansado y sabe que esto recién acaba de empezar. “Parece que hubo violación pero no hubo embarazo”, comenta Fritzler.

Por detrás se escucha a un grupo de estudiantes gritar a los cuatro vientos lo que La Haya no quiso legitimar en los papeles: “¡Culpables! ¡Culpables!”

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