VITETTE AS HILMSELF

(Esta colaboración apareció en el número 2 de la revista española Fiat Lux de diciembre de 2013. También fue publicada en un mi nuevo blog personal www.antonioalvarez.uy. A partir de ahora podrán ver mis posts allí)

El «ladrón del siglo” quiere filmar una película sobre su vida, si es posible protagonizada por él mismo. Y desde una remota playa del Uruguay  cuenta cómo es la vida en un mundo donde todos son ladrones, todos son policías y todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario.

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Foto: Matilde Campodónico

“Cuanto más grande es el número de leyes, mayor es el número de ladrones y bandidos”. Lao-Tse (China, 604 A.C.-531 A.C.)

Todo milagro tiene algo de kitsch. Luis Mario Vitette lo sabe y lo disfruta. ¿Habrá algo más adorablemente teatral que un delincuente retirado, con las manos en los bolsillos, mirando el mar?

Su historia es poco común y sin embargo está sentado en el más común de los lugares.

Dicen que robó 8 millones de dólares de una de las instituciones bancarias más prestigiosas y seguras de Argentina. Y él aclara que podrían ser  19 millones. Se divierte dejando la duda.

Presiente que es el personaje de una película: el muchacho de clase media que un día empuña un revólver  y todo sale muy mal.

Y como si todo se tratara de una lección de vida –ingrediente esencial en una biopic- el hombre que cometió el error se convierte en delincuente entre delincuentes,  en el mejor de los peores.

El  prontuario policial de Luis Mario Vitette Sellanes  comenzó a escribirse el 28 de mayo de 1976 en su ciudad natal, San José de Mayo, situada a unos 100 kilómetros de Montevideo.

El hecho ocurrió en una estación de combustible. Según las crónicas, atropelló a la víctima y la pasó cuatro veces por encima.

“El algo que todavía hoy no me deja dormir”, dice.

En  general cuando suelen preguntarle por el episodio, él responde con una jerga más carcelaria: “tengo Alzheimer, no me acuerdo de nada”.

Vitette nunca había visto a su víctima, pese a que entonces era una ciudad de  menos de 20.000 habitantes.

La justicia lo procesó por robo y homicidio. Si hubo cómplices, nunca fueron encontrados.

Él dice que no estaba solo, pero que se hizo responsable de todo.

“¿Y si no lo maté?”, me pregunta. “¿Y si cubrí a alguien?”

La  pregunta debería ser otra: ¿cómo un muchacho prometedor se convirtió en delincuente?

Luis Mario lo tenía todo, incluso una boda de blanco y arroz. Su padre era dueño de un hotel y confiteria muy conocido. La familia de su novia era dueña  del hotel y confitería de la competencia. Eran Montescos y Capuletos pero con el sí de todas las partes.

Los Vitette habían invertido fuerte en la construcción de otro hotel y los problemas financieros dejaron en bancarrota a la familia. El padre no pudo pagar los préstamos y, deshonrado por las deudas, se encerró en su casa.

Entonces, el joven Luis Mario pasó del miedo a la incertidumbre a la extrema violencia, sin escalas.

Unos días antes dio aviso a familiares y amigos: insultó en público al presidente Juan María Bordaberry que estaba de visita en el Teatro Maccio. «Para mí era el culpable de todo lo que le había pasado a mi familia», cuenta. Los guardaespaldas del dictador lo llevaron al cuartel más cercano.

La faceta de luchador social le duró poco tiempo. Unas semanas después pasaría de preso político a preso común a raíz de rapiña y homicidio.

El primer lugar de reclusión fue el  Penal de Punta Carretas, hoy convertido en uno de los más glamorosos centros comerciales de Montevideo.

En la cárcel había montado un taller de relojería, que fue de  gran ayuda en su vida como delincuente. Le dio estimables habilidades manuales, un  gusto por la precisión y gran conocimiento de reducidores.

Cuando salió en 1986 sabía que su vida no tenía vueltas. Ya era un experto en inseguridad.

Buenos Aires lo esperaba con la luz encendida. Allá  conoció la noche, los caballos lentos, las mujeres rápidas y todas las drogas. Todas.  Fueron años de plata dulce y de hiperinflación . Un escenario ideal para robar electrodomésticos y en especial televisores color. «Valían 5 pesos en la mañana y en la noche valían 8. Era muy buen negocio».

Habla sin ningún arrepentimiento de aquello.  Está parado en estas barrancas agrestes de Kiyú, una playa situada a 140 kilómetros  de Buenos Aires, la selva en la que engañó,  estafó, encañonó, coimeó y le  cagó la vida a algunos de los personajes más astutos y funcionales de su tiempo.

Alejado de todo eso, en esta modesta casita blanca, insufla sus pulmones con el aire limpio del Río de la Plata, el mismo aire que contiene las cenizas de su padre, muerto cuando él estaba en prisión.

Dice que es el único hombre a quien admiró de verdad. Fue quien le pagó clases de guitarra y quiso convertirlo en el  penúltimo eslabón de un legado de triunfos, improbable  mandato del primer Vitette salido de la Reggio Calabria.

Luis Mario no parece un hombre atribulado por esos fantasmas.  Es un anfitrión alegre. Muestra cada mueble, cada electrodoméstico, su iPad, sus celulares, cada cucheta, todo, hasta el más mínimo confort, con lujo de detalles. La explicación es simple: en la cárcel cada objeto costaba mucha plata, la suficiente como para cubrir toda la cadena trófica de corrupción.

Por las dudas aclara que todo lo que veo no le pertenece. Los ladrones, se sabe,  roban posesiones de otros, pero paradójicamente no pueden poseer. En todo caso  pueden usufructuar, disfrutar, gozar.

-¿Alguna vez te robaron?

-Sí, claro. Muchas veces –responde.

-¿Y cómo se siente?

“Mal, por supuesto –admite-. Me robaron la radio de una coupé que tenía en Buenos Aires y me pasé madrugadas enteras en el balcón esperando a los chorros. Mi mujer de entonces vino y me dijo: ¿vos te estás mirando? Entonces me reí y dejé el arma en el cajón”.

En el ambiente hay  vestigios de un asado multitudinario de la noche anterior. Es que Vitette es un antisocial muy gregario, muy apegado a su círculo de confianza. Le gusta estar cerca de sus hijos y nietos, mantener una relación cordial con exmujeres, y ayudar a los amigos. Parte de sus esfuerzos  de estos días los dedica a apoyar a un joven valor del karting local.

Está  vestido con una remera de capucha y pantalones cortos verdes. Es bajo, y aunque tiene unos kilos de más es ágil como una liebre. Lleva un cinturón metalizado, de color dorado, y una cadena que va del bolsillo al cinturón, que también hace juego con el oro de los anillos y de la cadena que tiene en el cuello.

“Los milicos y los chorros -los de rango, aclara- tienen mucho en común. Una de esas cosas es que nos gusta el oro”.

A la vista no hay lujos. La única señal de poder adquisitivo es una camioneta de alta gama.

¿Dónde están los millones?  ¿Se fueron desde las cloacas hacia un paraíso fiscal? ¿Salieron del país  en helicópteros y en aviones minutos  después del asalto?

Vitette dice que todo eso es una fantasía de la crónica roja.

Por este episodio clave en su vida la prensa lo  bautizó “el hombre del traje gris”.

Así estaba vestido ese día de enero de 2006. Era el simpático charlatán que mantuvo a raya a los 23 rehenes y a  los negociadores de la Policía Federal. Usaba alternativamente dosis de humor, sentido del tempo y  una paciencia amenazante, mientras por debajo se procesaba un verdadero acto de prestidigitación.

A Vitette le encanta adornar su obra maestra con momentos de ternura: “Yo decidí liberar a las embarazadas. Y a una viejita le digo que se vaya, y ella me contesta: Aquel hombre que está allá es mi marido. Sin él no me voy. Entonces yo le respondo: bueno, señora, entonces se van los dos. Y hasta historia de amor tuvimos. ¿Qué te parece?”.

Algunos creen que  no fue el  verdadero “cerebro” del asalto. Según esta teoría, tan poco confiable como todo lo demás,  la maniobra fue armada por dos ejecutivos de la Bolsa de Valores, nunca identificados, que proveyeron la logística a cambio de llevarse la parte del león.

Ante esto, responde: “Yo fui el financista y el ejecutor”.  Y agrega: “la historia no la escriben los tibios. Puse 100.000 dólares y un año de trabajo en el Banco Santander”

El robo en Acassuso –barrio costero y  residencial del Gran Buenos Aires – fue un antes y un después para mucha gente: para los canas, para los ahorristas y también para los ladrones.

A  partir de entonces, dice el protagonista,  la Policía Federal cambió el protocolo para el tratamiento de los asaltos con rehenes.  Ahora lleva su apellido. Lo dice con los ojos entornados, como recordando un polvo inolvidable:  PRO-TO-CO-LO-VI-TE-TTE.

En agosto de 2013, Luis Mario logró burlar la reclusión, aprovechando las ventajas de la  Ley de N° 25.871 de “Política Migratoria”.

Todas  sus causas abiertas desde 1999 –incluidas estafa, robo, violación de salidas transitorias- se unificaron. En total eran 27 años de prisión pero se acordó reducir la pena a 21.

Con el beneficio del 2×1 (un año de buena conducta equivalente a dos de reclusión) sumó los once años que le permitieron ser deportado.

“¿Extrañás Argentina?”

“Sí, claro. Pero no puedo volver nunca más”.

En 1997, Vitette ya había sido expulsado y violó la medida cautelar. Entonces era conocido como “El Hombre Araña”.

Era el terror que aleteaba en las cornisas de los barrios ricos de Buenos Aires.  Se había especializado en robos por escalamiento.

En la cárcel siguió construyendo su leyenda. Escribió los principales hits de la banda “Trovadores de Venus”  liderada por su dentista,  Sergio Zajdenberg.  Allí resume gran parte de su pensamiento vivo con dosis de humor y sarcasmo.

Un ejemplo es “Sólo se llora por amores”, que  rememora los detalles de “El Robo del Siglo”.

No hubo un pez gordo que bancara/ montaron la banda en cooperativa./ Se vivían momentos de tensión/  y una negociación con dudas y engaños/ mientras los chorros le cantaban a una rehén el feliz cumpleaños

En “Muy pronto estaré de juerga” preanuncia su libertad.  El clip –mezcla de ritmos uruguayos,  murga y candombe –  muestra  a un hombre vestido de traje gris, bailando, tomando champagne, rodeado de putas. El protagonista lleva una enorme máscara de carnaval con sus rasgos caricaturizados: los ojos punzantes, el mentón fuerte, el rictus burlón.

Este cancionero le dio una gran promoción. “Trovadores de Venus” tiene página web y los  temas circulan en Youtube. Los videos tienen miles de visitas con comentarios elogiosos y cero críticas.

El fenómeno Vitette, por así llamarlo, no hubiera tenido esa amplificación sin Buenos Aires y su gusto por  un humor negro autoflagelante.

Él se sabe un producto típicamente porteño. Sin embargo,  allá no deja de ser “el uruguayo” y en Uruguay lo miran bajo la sospecha de ser  argentino.

A su favor, Vitette declara ser dos hombres atrapados en el cuerpo de uno.

Luis Mario es el uruguayo. El hombre que toma mate en silencio, el que se siente “un fracasado”, el que recuerda la reprobación de sus padres por ser un ladrón.

Marito, en cambio, es el porteño de croquis: un depredador contestatario, un mago que muestra sus trucos sin miedo a perder el encanto, un truhán a cara descubierta que expide frases como balas: “yo no robo por tener, robo por ser”.

Apenas regresó a Uruguay sus comentarios en un programa de TV le costaron un juicio del gobierno.

En un gsto infrecuente, el ministro del Interior Eduardo Bonomi hizo pública una carta responsabilizándolo de querer convertirse en un ejemplo de los “antivalores”.

En su cuenta de Twitter, Vitette le dijo “hijo de puta” y “cobarde”. “Ensuciás el Estado Nacional y te escudás en la Justicia”, le recriminó.

Lo que en principio parecía una riña de gallos, se transformó en una  conversación llena de paradojas.

El “robar por ser y no por tener” sacó a Bonomi de sus casillas. El ministro cree que en el Uruguay del  crecimiento económico  hay más gente robando, más gente que lo quiere todo ya, sin esfuerzo ni mérito alguno,  o sea el modelo Vitette de ser “exitoso”.

Marito, el polemista  viperino, selló la discusión pasando al contraataque. Le recordó a su adversario el pasado guerrillero. “Usted rapiñó y mató  (…) No cumplió la pena (fue liberado en 1985 por una ley de amnistía)(…) ¿Y usted me quiere meter preso a mí?”.

Bonomi y el presidente José Mujica integraron los cuadros del Movimiento de Liberación Nacional –Tupamaros. Aquella  guerrilla robó financieras y secuestró embajadores como forma de financiar la revolución. En 1971, el jefe de seguridad carcelaria  Rodolfo Leoncino fue asesinado por un comando de cuatro personas, entre quienes estaba el ministro.

Marito no esperaba semejante distinción oficial.  Apenas se estaba preparando para iniciar una vida mundana.  De hecho, hace algunos días dejó las visitas al night club y se puso un traje para  concurrir al estreno de “Aída” de Giuseppe Verdi.

Tiene fotos del acontecimiento junto a una sobrina.  “Mis ojos ¿ves?”,  dice divertidísimo tomando el iPad.  “¡Están delineados!”.

Le hago notar que es el delincuente más metrosexual que conozco. Se ríe y extiende la mano hacia un pequeño bolso  donde hay maquillaje para borrar arrugas.

La apariencia es muy importante para él. Su hija, de 34 años, tiene una peluquería en San José y se encarga de retocarle las canas. En las últimas semanas se operó los ojos y pronto se colocará implantes dentales.

Tiene además dos vestidores. El otro está en el cuarto de hotel que alquila en las afueras de San José de Mayo, a unos 40 kilómetros de la casa de playa.

Muchas veces se queda en la ciudad. Allí viven casi todas las personas que le interesan: sus dos hijos (la peluquera  y un varón de 38 años), sus nietos, su primera esposa (madre de sus hijos), y su novia actual, una comerciante de la zona.

Vamos a San José, invita Vitette. Viajamos en la gran camioneta a más de 120 kilómetros por hora.

No hay duda: es  Marito quien va al volante. Maneja con una sola mano. No para de mirar su celular. Sigue atento a los pitidos que le llegan al iPad, mientras le dice por teléfono a su hija “te amo, te amo mucho”., y golpea el volante, frustrado, porque no logra comunicarse por SMS  con su excommunity manager , un amigo que se hizo entre pena y pena.

Esquiva  a un pobre ciclista que no imagina con quién se mete. En la compactera se escucha  “Guitarra Negra” de Alfredo Zitarrosa.  ¿Qué tendrán en común un cantor comunista y el ladrón del siglo?

Algunos incautos quieren ver detrás de la burla a los ahorristas del Banco Santander una actitud de Robin Hood. “¿Robin Hood? ¡Las pelotas!”, contesta, un poco molesto.

“Sinceramente, yo no quiero que me admiren por lo que hice. En Facebook bloqueo a todos los chorros que quieren ser mis amigos. ¡Que se vayan a cagar!”

Como su propio gerente de marketing es consciente de la  intriga que despierta el “robo del siglo”, sobre todo aquello que  aún no se sabe. Tiene claro que en lo que no dice radica gran parte de su magnetismo personal, tarea titánica para un infatigable fabricante de aforismos.

En el planeta Vitette todo lo que pasa gira alrededor de él. Zitarrosa es un gran poeta, le digo, y él sale al cruce con algunos de sus versos más logrados. Se habla de fútbol, y terminamos escuchando sobre su pasión por Racing de Avellaneda. Como buen ladrón profesional, nada de lo extraño le es ajeno.

En 1990, dejó las drogas, el alcohol y el cigarrillo. Pero como todos los adictos, Vitette no pierde su condición: es un adicto a sí mismo.

-Algún día haremos la película, o un documental -explica-. Y entonces sí, a lo mejor cuento cosas que no conté. Hay interés de Serbia, de España.

-¿Qué actor te gustaría que hiciera tu papel?

Vitette se queda mudo. ¿George Clooney? Cara de póker. ¿Brad Pitt? Silencio.

Insisto: ¿Antonio Banderas?

Vitette  hace gestos de no entender lo que pregunto.

“A mí “, dice muy suelto de cuerpo. “Me gustaría verme a mí. ¿A quién más? Yo estudié teatro”

Le pregunto sorprendido en qué momento se hizo tiempo para eso.

“Hace años”, confiesa. “Y me sirvió para despistar a la Policía en el robo del banco. No puedo decir el nombre de mi maestro de teatro porque lo comprometo”.

Le pregunto qué cosa  no toleraría que se dijera de él en una película o libro sobre su vida.  Vitette quiere dejar en claro dos cosas:

a) “Soy rabiosamente heterosexual”.

b) “No soy un violador. A mí me pueden poner a mi hija desnuda, acá en mi cama, y a mí no se me mueve un pelo”.

Compruebo que salió de la zona de confort. Le pregunto si tiene miedo a algo. “A la fantasía de los otros. Hay gente que cree que tengo mucha plata”.

Vitette sigue rutinas de supervivencia como en los tiempos de cárcel. Duerme en distintos sitios y se mueve mucho. En dos meses, la camioneta recorrió más de 10.000 kilómetros.

También se está procurando trabajo. O algo así. Está montando un taller de relojería antigua en el centro de San José. Tendrá como socio a su yerno. Leonardo, de 36 años.

Leonardo Arnold Sarquis es joyero, pero cobró notoriedad en abril por el robo de una caja fuerte en Aiguá, una tranquila localidad situada 180 kilómetros al noreste de Montevideo.

Dentro del cofre blindado había colecciones de relojes, perlas, anillos, etcétera.  La víctima era una mujer que cuatro meses antes se radicó  en España.

Fue  procesado por robo especialmente agravado pero resultó sobreseído unos meses después, justo cuando Vitette  apareció en escena. Su presencia en el juzgado con abogados   llamó la atención de muchos medios.

Ahora con Leonardo piensan en la relojería antigua. No quiere oír hablar del caso. Ya pasó, ya fue.

¿Nunca más entonces?, le pregunto.

“Nunca más”.

A su lado salta un perro pulguiento  al que llama Calerga. No sabe de dónde salió el nombre. Tampoco sabe de dónde salió el perro.

Es un atardecer espectacular de fin de la primavera y principios del verano.

Vitette muestra unas fotos en su celular. Son de esta misma playa. Cada día, a la misma hora, saca la misma foto. Algunas con bajante, otras con marea alta.

La misma playa, pero sin embargo no es la misma. ¿Algo de Heráclito , algo de Proust?

Vitette siente que allí hay un asunto para compartir con los demás.

Entonces dibuja  un gran renglón imaginario en el aire: “la muestra se va a llamar Estados”, decreta.

En este momento dan ganas de preguntarle quién habla, si es Luis Mario el hombre que se siente un perdedor,  o si es Marito, el cuentamusas, el amo del mal.

Finalmente se impone el silencio. Vitette  pone su teléfono en modo cámara y saca una foto, como para robarle a la tarde un poco de su tibieza.

Mañana será otro día. Lo esperan en un  juzgado para declarar por “apología del delito”.

(Publicado en la revista Fiat Lux, España. N° 2.  Diciembre de 2013)

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