¿Qué hacían los uruguayos el 27 de junio de 1973?

A las cinco y veinte de la mañana del miércoles 27 de junio de 1973, el gerente periodístico de Radio Montecarlo Nissan Sarkissián esperaba algo. Se sabía que a esa hora, las Fuerzas Armadas iban a anunciar la disolución del Parlamento, acusando a los legisladores de inoperantes frente al caos y la injusticia social que vivia el país.

Habían pasado unos minutos cuando irrumpió en la emisora una delegación de militares uniformados. Uno de ellos enfiló hacia él directamente.

Sarkissián tenía claro desde hacía tiempo quiénes gobernaban el país. Incluso tenía noticias de que algunos militares habían desenfundado sus armas para disuadir a los periodistas de leer comunicados y cumplir sus pedidos.

Con la dignidad que le quedaba, Sarkissián se negó a postergar la lectura de los comunicados de suspensión de clases hasta las 7 o las 8 porque era condenar a la masacre a decenas de jóvenes.

«Bueno, necesitamos música folklórica», le dijo el oficial, mientras le extendía los textos. Sarkissián le contestó que tenía unos pocos discos disponibles a esa hora de la madrugada.

«Tengo ‘A Don José'», respondió con cierta vacilación el periodista, convencido que era una banda de sonido que no iba a servir a los efectos de los comunicados militares.

«Eso está muy bien», le dijo el oficial a cargo del operativo. «Pero mire que tengo la versión de Los Olimareños», explicó Sarkissián. El soldado lo miró con aire de satisfacción y le respondió: «Tanto mejor».

La noche fue de sorpresa en sorpresa, no sólo para los oyentes de Radio Montecarlo. En otra parte de la ciudad, los generales Esteban Cristi, Abdón Raimúndez y Gregorio Alvarez, junto a un grupo de oficiales llegaron hasta la puerta del Senado de la calle Sierra.

Como si fuera un símbolo de los tiempos que se estaban terminando, saludaron con sequedad al ex campeón del mundo en Maracaná, Víctor Rodríguez Andrade, empleado del Palacio.

La historia se había decidido días antes. El viernes 22 de junio, los comandantes de las Fuerzas Armadas y el generalato en pleno habían ido a ver a Bordaberry a Suárez Chico. Insistían una vez más en que los plazos se estaban agotando.

La gota que había desbordado el vaso era la imposibilidad de hacer pasar por la Justicia Militar al senador frenteamplista de origen blanco, Enrique Erro. Unos días antes, la Cámara de Diputados había sepultado la solicitud militar al vencer 49 a 48 la voluntad de no reconocer los vínculos de Erro con la guerrilla.

Esa noche el presidente y los militares acordaron dar el paso de clausurar el Parlamento e iniciar una nueva etapa en Uruguay. En principio no se fijó un regreso a la democracia, pero el comandante de la Armada Víctor González Ibargoyen reconoció dos décadas después que el plazo establecido sería 1976, año en que la Constitución fijaba fecha para las elecciones.

Sin embargo, Alvaro Pacheco Seré, el secretario de la presidencia, confió que todos los asistentes a esas reuniones sabían que la ruptura institucional sería «por un período largo».

Las reuniones se prolongaron durante el fin de semana. Bordaberry advertía a los militares: «todas las muertes que haya, van a caer sobre mi cabeza».

Pero la soledad política en que se encontraba el presidente hizo que él mismo siguiera con los planes de clausura del Poder Legislativo, cuyo operativo sería realizado en principio el 26.

La clase política sabía que la cabeza de Erro era la primera de otras que rodarían después. Los militares irían por Amílcar Vasconcellos, Michelini y Ferreira Aldunate. Pero ahora la voz de alerta a los políticos provenía de una fuente insospechada. El dato recibido por Michelini («andate que te la van a dar») se lo había dado el jefe del servicio de Inteligencia de Defensa, el ascendente coronel Ramón Trabal, considerado autor intelectual de los comunicados «progresistas» de febrero y un personaje cuyo asesinato en París es uno de los puntos más oscuros de la dictadura militar.

Erro había ido a Buenos Aires el 20 de junio para presenciar la llegada de Perón a la Argentina. Y Michelini viajó hacia allá en la noche del 26 a última hora para convencer a Erro que no volviera al país.

Justo cuando Erro estaba registrándose para subir al avión, el senador Michelini logró que su colega no se embarcara hacia Montevideo. Ambos permanecieron en Buenos Aires.

EL SI DIFICIL. El 26 de junio Bordaberry redactó los decretos de disolución de las cámaras. Recibieron el visto bueno de los abogados Aparicio Méndez, Hamlet Reyes, Martín Etchegoyen, Emilio Siemmens Amaro, Héctor Barbé y Jorge Peirano Facio.

El canciller Juan Carlos Blanco fue hasta la Casa de Gobierno y «retocó» algunos aspectos de las resoluciones. Después, Blanco y Pacheco Seré llegaron a la residencia presidencial pasadas las 15.30, hora en que el presidente Bordaberry pensaba imponer de la decisión a sus ministros.

Pero al primer mandatario las cosas no le salieron como esperaba. Buscaba la firma de todos los secretarios de Estado y se encontró con cuatro renuncias. Y para más sorpresa los tres ministros «etchegoyenistas» Benito Medero (Agricultura), Francisco Ubillos (Transporte) y Carlos Abdala (Trabajo) no estaban dispuestos a firmar el documento por más que decían apoyar la medida.

Sobre las 20 horas del martes 26 los ministros dispuestos a renunciar se reunieron en la casa del ministro de Salud, José María Robaina Ansó, en Punta Carretas.

Allí estaban Pablo Purriel (Educación), Angel Servetti (Obras Públicas) y Jorge Presno (Industria). Los acompañaban el director de la Oficina de Planeamiento Ricardo Zerbino y Alberto Bensión, subdirector de ese organismo. También se encontraba el periodista deportivo Jorge Da Silveira, por entonces director nacional de Vivienda.

Era difícil sustraerse al clima político creado por el inminente Golpe de Estado. El gobierno anunciaba por esas horas una buena noticia entre muchas malas: 25 por ciento de aumento a los funcionarios públicos y 27 por ciento de aumento a los privados.

Para quienes preferían pasar de la política los dos hechos relevantes de esas horas eran dos: el partido de fútbol de Uruguay contra Ecuador por las Eliminatorias y la transmisión en directo de Miss Uruguay por Canal 12 con la conducción de Julia Möller y la participación de su hermana Cristina, reina saliente.

Brilló la morocha Yolanda Ferrali, de 22 años, bachiller en Medicina, profesora de filosofía, admiradora de Chanel y aficionada al voley y a la pintura al óleo.

Sin comerla ni beberla, el Golpe de Estado la marcó para siempre. Quince días después viajó a New York para participar de Miss Universo, cuando un periodista estadounidense la bajó de la nube: «¿no estás manchada de sangre?», le preguntó. «Yo no sabía qué hacer y me puse a llorar», contó algunas décadas después la reina Yolanda, involuntaria belleza del régimen.

Los Titanes en el Ring habían llenado el Cilindro en varias ocasiones poniendo puesta de espaldas las billeteras de todos los padres con hijos en edad escolar.
Por su parte, George Harrison y Eric Clapton se mostraban juntos en el film «Concierto en Bangladesh». La prensa rosa afirmaba que estaban distanciados porque el guitarrista le había birlado la mujer al más silencioso de los Beatles.

Los medios daban a conocer las proyecciones iniciales para la futura represa de Salto Grande y El Diario de la Noche titulaba en cuerpo de letra catástrofe: «Elefante marino siembra el terror en Isla de Flores».

La opinión pública estaba totalmente alterada por la confesión de María Esther de Torterolo, la madre que mató a sus hijos tirándolos en un pozo. Al principio había logrado eludir la investigación policial y en su lugar estaba preso un bichicome de la zona, con más pinta de sospechoso que ella.

Ese día de junio, el pueblo Ecilda Paullier cumplía 90 años y el Automóvil Club festejaba los 50. La literatura se había puesto de luto porque el escritor Francisco «Paco» Espínola murió igual que Neruda,en pleno Golpe y sin saber todo lo que le esperaba al Partido Comunista de sus amores.

Un síntoma del creciente poder castrense es que los diarios informaban que el secretario del Consejo de Seguridad Nacional general Gregorio Alvarez recibía en la tarde a un grupo de empresarios interesados en invertir en Uruguay.

Fernando Parrado -héroe en la cordillera de los Andes- viajaba a Estados Unidos para forjarse un futuro en la industria del cine, y tal vez para interpretarse a sí mismo -apuntó El País- en una película sobre la tragedia que un año antes había impactado a Uruguay y al mundo entero.

En un tiempo sin countries, el Parque Posadas era la gran oferta inmobiliaria de esos días. «Una ciudad dentro de la ciudad», era su eslogan.

El método Ilvem prometía enseñar a hablar inglés en 16 clases y la última onda gastronómica eran los «Filet Castelar» del restorán Tip Top de Bulevar España y la rambla.

«La naranja mecánica» de Stanley Kubrick era la película de moda por esos días. Pese a que en Argentina había sido prohibida, en Montevideo se exhibía con gran éxito de público y hasta se organizaban charlas para ayudar a los espectadores a entender el film.

A la noche, el aire del invierno y el clima político cortaban la respiración. Con la Rendición de Cuentas en las espaldas, el ministro de Economía Moisés Cohen salió como todos los días de su despacho y prefirió ir a su casa, lejos de la efervescencia que se vivía en Suárez.

A la medianoche, Bordaberry lo llamó por teléfono y le dijo que el Golpe de Estado era algo que llegaría de un momento a otro. «Yo lo apoyo, señor presidente, pero cuando pueda sáqueme del ministerio», le dijo Cohen.

A las 23.45, Bordaberryhabía dictado un decreto prohibiendo atribuir «propósitos dictatoriales» al Poder Ejecutivo. Pasadas la 1.40 de la madrugada terminó la deliberación en el Senado que había comenzado dos minutos antes de la medianoche.

Los dieciséis senadores presentes habían realizado encendidos alegatos en favor de la democracia. Todos sabían que poco después había que desalojar el recinto. En conocimiento de ello, el presidente Bordaberry dio la orden de comenzar el operativo de rodeo del Parlamento.

La cúpula militar también había seguido por radio la última sesión del Senado. El Coronel Luis Queirolo sabía que era el momento. Estaba al frente de la columna de tanques M-113 situada en la avenida Agraciada, a la altura de la embajada argentina, desde donde comenzó la lenta marcha hacia el Palacio Legislativo.

Aquella demostración de fuerza terminó siendo un «plan de diversión», tal como lo bautizaron los propios militares.

A las 5 de la tarde había comenzado la huelga general del Uruguay, la más furiosa respuesta de la sociedad uruguaya ante el autoritarismo que se avecinaba. Pero cuando los tanques rodearon el templo de mármol, construido a la imagen y semejanza de las grandes democracias, no había un solo montevideano resistiendo la fría madrugada. Nadie.

(Crónica publicada en El País, a propósito de un suplemento especial por los 30 años del Golpe de Estado. Basado en El Diario, La Mañana, El País, Búsqueda, Álvaro Rico y fuentes propias)

Una respuesta a “¿Qué hacían los uruguayos el 27 de junio de 1973?

  1. Qué maravilla para escribir y lograr para trasmitir los sentimientos de ese 27 de junio!!! Quizá me animaría a escribir lo que sentí yo en una Universidad intervenida, en los días sucesivos cuando para entrar eramos requisados en el baño de damas, por si teníamos armas en algún lugar…Dejo como anécdota: estaba muy molesta por cada dia que al entrar me revisaran y además sacaran todo lo de mi cartera. Y puse una toalla íntima (sucia) en una bolsa de nylon. Entré como presurosa comosiempre…me revisaron y nunca más me abrieron la cartera…GRACIAS Antonio! gracias de corazón por todo lo que escribes!

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