El rescatista de Atacama

Nos vamos de Chile después de una semana de palo y palo. Anoche organizamos una cena con nuestros amigos Víctor y César, verdaderos héroes del pueblo de Caldera, una bahía incrustada en el Pacífico, rodeada de multicolores esfinges de arena.

Junto con ellos estaban Patricio, Ignacio y Cristian. Durante la crisis del rescate a los 33 mineros de San José nos llevaron de un lado a otro. Consiguieron todo lo que les íbamos pidiendo al instante y siempre terminaban sorprendiéndonos con soluciones de las más diversas procedencias.

Un cable USB por allá, unas colaciones (comidas) por acá, un enchufe prestado de un amigo, el vino que queríamos tomar, todo con una puntualidad que nosotros, fundidos por la soledad moral del enviado, jamás pudimos corresponder del todo.

A Víctor, líder de este equipo multifacético, lo conocimos de casualidad en el aeropuerto de Copiapó. Estábamos desolados porque no había autos para alquilar ni taxis ni ómnibus.

Mientras los enviados de canal 12 sacaban la Tarjeta Gold para hacer el papeleo del auto, nosotros empezamos a deprimirnos la sola idea de cubrir la noticia en taxi.

Desechamos la primera oferta, la segunda, la tercera, y poco después nos dimos cuenta que esa era toda la oportunidad que teníamos de salir de ese páramo solitario, en medio del desierto de Atacama.

Ya estábamos acomodándonos sobre las valijas para un comité de crisis, cuando apareció Víctor y sin que le dijéramos nada se acercó a nosotros con gran cancha.

Venia de Copiapó y pasó por el aeropuerto, casi de casualidad, para ver si alguien precisaba algo, como es su costumbre. De paso, optimizaba su gasto de nafta con un nuevo viaje en el mismo sentido de su hogar.

Así fue que terminó chocándose con este trío de indigentes uruguayos. ¿Para dónde van?, nos preguntó. «Para Caldera», dijimos. «Yo voy para ahí», respondió.

Caldera es una ciudad de 17.000 habitantes. Fue un puerto muy dinámico de la industria minera y para la exportación de ostiones.

En recuerdo a aquellos buenos tiempos, los ingleses le pusieron Caldera por la ardiente actividad económica de la zona.

Eso ya no es más así. Ni siquiera sobrevive el service para marineros solitarios.

Hoy es un balneario venido a menos, con una de las mejores bahías que he visto en mi vida. En su contra diré que presernta una arquitectura de posguerra, repleta de casas llamativamente bajas, casi liliputienses, hechas sin planos, a fratacho limpio.

Víctor parece un hombre feliz, satisfecho con su vida. Se radicó en Caldera hace varios años y trajo aquí a toda su familia, incluidos sus venerados padres.

Para nosotros el encuentro con él fue estratégico. El pueblo del que Víctor algún día sueña con ser alcalde  es la ciudad más cercana a la Mina San José.

Era además la ciudad administrativa de la minera San Esteban, empresa dueña de la faena cuya peripecia se puso en los ojos del mundo entero.

En Caldera se pagaban los salarios de los trabajadores de la mina. De allí eran una buena parte de los 33 atrapados a 600 metros bajo tierra.

Está a 25 minutos de auto por la carretera minera»Adrianita», entre montañas, y con el desierto florido insinuándose en colores violetas y amarillos, según la hora del día.

Al principio pensamos que Víctor era solo un transportista oportuno. A fin de cuentas era una zafra inusual para una zona particularmente deprimida desde el punto de vista económico.

Nos equivocamos. Víctor es padre de cuatro hijos, la más grande de 22 y el más chico de 8. Es la persona más cordial y ubicada que he conocido en mucho tiempo.

Cada vez que llegaba o se iba, Nano, Chucky y yo nos quedábamos preguntando cómo hacía Víctor para permanecer imperturbable ante la sucesión interminable de crisis -personales, metafísicas, hepáticas, etcétera- que supone una cobertura periodística de un tema de alto impacto.

Después supimos -hablando largo y tendido- que su simplicidad era el fruto de un largo y duro aprendizaje de vida, de una historia de apegos y desapegos, de una carrera contra sí mismo para ser un hombre virtuoso.

Víctor dice que su mayor talento en generar confianza en la gente. Y que uno tiene que trabajar todos los días en vencer las tentaciones para ser intachable.

Cualquiera de nosotros estaría dispuesto a decirlo para quedar bien, pero él lo dice con la tranquila convicción del boxeador que llega preparado a la pelea.

Con los días, sin alharacas ni demasiadas formalidades, Víctor nos fue presentando a cada uno de sus colaboradores.

Cada uno de ellos resultó tan atento y profesional como él. Charlando con ellos, fuimos armando el rompecabezas de Víctor, el jefe y el amigo.

«A Víctor lo conozco desde hace muchos años. Siempre ha sido el mismo hombre», me dijo César, sin levantar la voz, con ese chistido patinador tan chileno que el oído extranjero apenas entiende.

César llegó a Caldera desde los pagos de Víctor hace poco más de un año. A los 33 años, se casó, enviudó, se casó, se divorció y se volvió casar. Tiene 4 hijos, pero la niña menor, que es asmática, fue el principal motivo para que dejara sus queridos campos de la cuarta región para venir a trabajar con Víctor a Caldera.

En parte gracias a él hoy es encargado de seguridad de una mina de hierro en la que Víctor presta servicios de transporte.

En los ratos libres, César trabaja en el remise de su amigo y compadre.

También Patricio le acredita a Víctor algunos de sus logros personales. Trabaja en los remises, mientras presta funciones en la misma minera de hierro. Se especializa en sacar el óxido del metal extraído, una profesión que le apasiona casi tanto como estar siempre en un segundo plano, como entre paréntesis.

Patricio, criado en un campamento minero 200 kms al norte, pronto será capataz y Víctor piensa dejarlo en su lugar cuando «salga a buscar nuevos horizontes» en el breve plazo.

Nosotros mismos comprobamos que Víctor, el omnisciente, piensa en todo y en todos.

Durante las 48 horas más largas de mi vida,  la vigilia en la Mina San José previa al rescate, «el Víctor» se las arregló para que sus autos fueran un hotel dedicado a los periodistas amigos.

Él no durmió en toda la noche. Recién sintió que era su hora cuando ya todos -incluido un gigantesco periodista sueco- se habían repantigado en su vehículo.

Pero antes de hacerlo esperó a todos con jugo y repartió cepillos de dientes.

Cada una de sus visitas era un detalle nuevo para admirar: las empanadas que hacía su madre, los chilenitos dulces de su madre, un celular con chip local para hacer llamadas que se hubieran enmarañado con inescrutables telediscados.

Como despedida, el gran Víctor se despachó anoche con un asado al carbón, bien a la chilena. Pero antes de instalar la parrilla no escatimó en gastos y consiguió -vaya uno a saber cómo- dos paquetes de bife ancho uruguayo.

Antes de eso viajó a Copiapó (70 kilómetros de Caldera) a buscar mi libreta de apuntes.

Le comenté que la había perdido esa mañana en el oficio religioso de los mineros, y que una mujer del barrio Los Minerales me llamó para avisarme que la tenía en su poder. Le dije que fuera si podía, si alguien de los suyos estaba por ahí.

De noche, sin que yo supiera la gestión, apareció con la libreta sana y salva, con toda la agenda telefónica que pude hacer durante el trabajo de campo en Chile.

Llegó también con vino, pisco sour y papas a la Vizcaína hechas por su propia madre.

Él no toma y no fuma para evitar malos recuerdos familiares. La única vez que se emborrachó en su vida la experiencia fue tan desagradable que decidió no volver a probar alcohol.

Sin embargo se encargó de todos nuestros vicios, de que no faltara nada en procura de pasar un rato de distensión después de tantos días locos.

Ayer cuando se retiró discretamente del asado, con mis compañeros de viaje no tuvimos un mejor tema para hablar que el gran Víctor.

Su actitud nos pegó en el medio de la frente después de tantos días de pelearnos con el mundo y con nuestros demonios interiores.

Debe haber pocas profesiones donde los egos y las territorialidades estén tan exaltadas como en el periodismo.

En medio de una campaña particularmente compleja, lejos de casa, Víctor nos enseñó que todos los trabajos son importantes, los fáciles y los difíciles. Que el fin no justifica los medios. Que hay que creer estúpidamente en el poder oxigenante de la meritocracia. Que hacer las cosas bien no tiene sueldo posible, porque sencillamente nadie está en condiciones de pagar con dinero lo que se hace por destino personal.

«El Víctor» hizo las gestiones más delicadas y las más insignificantes con igual protocolo de excelencia, y nos invitó a nosotros a hacer lo mismo, a disfrutar lo que estábamos viviendo sin pensar en las frustraciones del momento.

Víctor cobró por su trabajo, obviamente. Pero a nosotros nos quedó claro que hizo más de lo que se podía esperar de él en los cánones del uruguayo promedio.

El asado lo organizó él como una forma de honrar el trato momentáneo que hicimos una semana atrás.

Nos explicó que le caímos bien de entrada porque enseguida recordamos su nombre y el de sus colaboradores.

«Paso semanas en las que lo único que oigo de mí es la palabra chofer», nos confesó y luego dejó entre nosotros un silencio demoledor, introspectivo, casi como el que sólo pueden sostener los amigos.

Víctor nos rescató en más de un sentido, justo a nosotros que estábamos allí por el rescate con más rating de la historia de la TV mundial.

Y lo que es más importante, como dicen sus amigos de toda la vida,y a pesar de todos las contingencias de éxito o de fracaso, Víctor Tirado siguió siendo el mismo hombre de principio a fin. El hombre que siempre pasa por los aeropuertos a ver si alguien necesita algo.

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