¿Y ahora qué, Gualeguaychú?

 

Por Antonio Alvarez
El martes, mientras se emitían imágenes desde La Haya, conversaba con unos de los más antiguos militantes de Gualeguaychú en Arroyo Verde.
Me contaba que hace unos meses aparecieron muertas miles de mariposas en las afueras de la ciudad. La primera sensación fue la de culpar a Botnia.
Parecía una gran historia para este macondo en el que se ha convertido Arroyo Verde.
Pero como decían los viejos editores de diarios, no dejes que la verdad impida una noticia interesante.
Botnia ha sido culpable de casi todo lo que pasa a ambos lados del puente San Martín.
De hecho, la planta finlandesa es culpable “hasta de los embarazos no deseados de Fray Bentos”, comentó con cierta ironía Sandra Dodera, la principal defensora local de la pasta de celulosa.
Esta semana el ingeniero químico Cyro Crocce de Dinama volvió a contarme la historia de las mariposas muertas en Gualeguaychú como una forma absurda de psicosis ya instalada en Entre Ríos.
Al parecer las mariposas habían muerto por el efecto de los agrotóxicos, pero nunca hubo nuevas versiones de la noticia.
Los portales regionales se enfocaron en nuevos temas y la historia quedó ahí, flotando en el aire irrespirable de estos días en la ruta 136.
El corte de ruta situado en el kilómetro 28 de la ruta 136 es una entidad que está por encima del conflicto. Cuando uno viene desde Gualeguaychú, un cartel oficial institucionaliza la situación: a 5.000 metros corte de ruta.
Arroyo Verde es un estado dentro del estado. Hace varios meses instalaron una barrera de hierro al mejor estilo de una aduana que funciona con las reglas y el criterio según el humor de turno
Esto no se arreglará con empatía y conversaciones diplomáticas. Ni siquiera con el levantamiento del piquete por la fuerza.
No será fácil desanudar el microclima que se ha creado en Gualeguaychú en estos años.
La ciudad está tapada de carteles contra Botnia. Botnia significa piratería, genocidio.
Los niños en las escuelas dibujan la planta física de la pastera como un horrible monstruo. Yo he tenido la oportunidad de ver estos dibujos escolares.
Hace dos años presencié una asamblea ciudadana ambiental integrada jovencitos que no llegaban a los 15 años. Estas reuniones se organizaron pensando que el conflicto trascenderá a las generaciones.
Cuando uno habla con los principales referentes de la protesta entiende que existe un discurso ideológico antiglobalización que ha prendido fuerte en la población.
José Pouler, uno de los dirigentes históricos, cuenta que para él este empuje de las industrias europeas hacia América Latina es comparable al Plan Cóndor, la acción militar coordinada que procreó las dictaduras en los años 70.
No hay esperanzas en el control ambiental conjunto. Pouler no es un hombre que cree  en la ciencia ni en los científicos. Según me ha contado, los científicos no garantizarían jamás el control compartido que necesitaría Botnia. No es un problema de que sean malas personas, me dijo. El problema es que a los científicos “les lavan la cabeza” durante las becas en el extranjero. “Les dicen que las industrias son necesarias”, me dijo en más de una ocasión. “Son beneficios que usufructúan con el financiamiento del gran capital internacional. Después, lógicamente, no los pueden rechazar”.
Muchos de estos razonamientos son compartidos por los principales referentes de Gualeguaychú.
Después del fallo en la corte internacional algunos de los referentes se encuentran en una posición incómoda.
Se preguntan qué van a decir en la asamblea ampliada del 2 de mayo, cuando haya que marcar las posiciones tras esta especie de acuerdo tácito entre los gobiernos de Uruguay y Argentina respecto a que estamos en un “cero a cero y pelota al medio”.
Todo parece indicar que el corte de ruta no será levantado. Se lo pregunté al moderado Pouler, se lo pregunté a Jorge Fritzler, líder del ala más dura. Ninguno de los dos tiene posición tomada. Fueron hasta coincidentes en afirmar que sólo opinarán cuando puedan palpar el clima interno de la asamblea.
Es que así se han manejado las cosas en Gualeguaychú. Sus líderes se dejan llevar por la intuición, por el olfato popular, y no por un análisis de la realidad.
Levantar el corte de ruta puede insumir unas horas del trabajo de una buena cuadrilla de obreros.  Sin embardo, el problema es bastante más complejo.
La pregunta es cómo los entrerrianos restablecerán su vida, su tenso tejido social, cómo se rescribirá la historia para que los más jóvenes puedan seguir adelante sin mirar con recelo lo que pasó.
Uno se pregunta cómo convivirá Gualeguaychú con la derrota.
Pocos ya recuerdan que el movimiento nació de la crisis 2001-2002, y es hijo de tiempos de inestabilidad política y rabia desenfrenada.
Un poco gracias a la indignación colectiva una mariposa aleteó en Entre Ríos y desató una rebelión ciudadana de proporciones.
Ahora que la mariposa está agonizante, no hay a quién culpar.
Las grandes mayorías en Gualeguaychú ya están buscando responsables.
Botnia –el avasallante monstruo global- seguirá humeando en el horizonte

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